“Lo que un hombre es en sí mismo, lo que le acompaña en la soledad y lo que nadie puede darle ni quitarle, es indudablemente más esencial para él que todo lo que puede poseer o lo que puede ser a los ojos de los demás.” (Arthur Schopenhauer)
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas

El plazo de Nerón - Kavafis



No se inquietó Nerón cuando escuchó
del délfico adivino aquel oráculo.
«Los setenta y tres años témelos».
Quedaba tiempo aún para gozar.
Pues tiene treinta años, y es bien largo
el plazo que le ha concedido el dios
para ocuparse ya en futuros cuidos.

Ahora a Roma volverá un tanto fatigado,
pero tan felizmente fatigado de este viaje,
que ha sido todo días de placer
por teatros, por jardines, por gimnasios...
las noches de las ciudades de Acaya...
Ay, de cuerpos desnudos el placer, ay, sobre todo...

Así Nerón. Y ya en Hispania, Galba
reúne y ejercita sus tropas a escondidas,
el viejo de setenta y tres años

Canción regia - Rainer Maria Rilke




CANCIÓN REGIA

Debes con dignidad soportar la vida,
tan sólo lo mezquino la hace pequeña;
los mendigos te podrán llamar hermano,
y tú puedes sin embargo ser un rey.

Aunque el divino silencio de tu frente
no lo interrumpa dorada diadema,
los niños se inclinarán en tu presencia,
los entusiastas te mirarán atónitos.

A ti los días de rutilante sol
te hilarán rica púrpura y blanco armiño,
y, con pesares y dichas en sus manos,
de rodillas ante ti estarán las noches.
                                 Coronado sueño (1896)

Un poema de Roger Wolfe

EL VASO

Siéntate
a la mesa.
Bebe un vaso
de agua. Saborea
cada trago.
Y piensa
en todo el tiempo
que has perdido.
El que estás perdiendo.
El tiempo
que te queda por perder.

2 poemas de Antonio Colinas



CANTO X
Mientras Virgilio muere en Bríndisi no sabe
que en el norte de Hispania alguien manda grabar
en piedra un verso suyo esperando la muerte.
Este es un legionario que, en un alba nevada,
ve alzarse un sol de hierro entre los encinares.
Sopla un cierzo que apesta a carne corrompida,
a cuerno requemado, a humeantes escorias
de oro en las que escarban con sus lanzas los bárbaros.
Un silencio más blanco que la nieve, el aliento
helado de las bocas de los caballos muertos,
caen sobre su esqueleto como petrificado.
Oh dioses, qué locura me trajo hasta estos montes
a morir y qué inútil mi escudo y mi espada
contra este amanecer de hogueras y de lobos.
En la villa de Cumas un aroma de azahar
madurará en la boca de una noche azulada
y mis seres queridos pisarán ya la yerba
segada o nadarán en playas con estrellas.

Sueña el sur el soldado y, en el sur, el poeta
sueña un sur más lejano; mas ambos sólo sueñan
en brazos de la muerte la vida que soñaron.
No quiero que me entierren bajo un cielo de lodo,
que estas sierras tan hoscas calcinen mi memoria.
Oh dioses, cómo odio la guerra mientras siento
gotear en la nieve mi sangre enamorada.

Al fin cae la cabeza hacia un lado y sus ojos
se clavan en los ojos de otro herido que escucha:
Grabad sobre mi tumba un verso de Virgilio.

De "Noche más allá de la noche"

……………………………………………………………………………………………

Giacomo Casanova acepta el cargo de bibliotecario que le ofrece,
en bohemia, el Conde de Waldstein

Escuchadme, Señor, tengo los miembros tristes.
Con la Revolución Francesa van muriendo
mis escasos amigos. Miradme, he recorrido
los países del mundo, las cárceles del mundo,
los lechos, los jardines, los mares, los conventos,
y he visto que no aceptan mi buena voluntad.
Fui abad entre los muros de Roma y era hermoso
ser soldado en las noches ardientes de Corfú.
A veces, he sonado un poco el violín
y vos sabéis, Señor, cómo trema Venecia
con la música y arden las islas y las cúpulas.
Escuchadme, Señor, de Madrid a Moscú 
he viajado en vano, me persiguen los lobos
del Santo Oficio, llevo un huracán de lenguas
detrás de mi persona, de lenguas venenosas.
Y yo sólo deseo salvar mi claridad,
sonreír a la luz de cada nuevo día,
mostrar mi firme horror a todo lo que muere.
Señor, aquí me quedo en vuestra biblioteca,
traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces,
sueño con los serrallos azules de Estambul.

                                               De "Sepulcro en Tarquinia"

"Robadnos y llamadlo economía nacional..." - Claes Anderssoon



Robadnos y llamadlo economía nacional.
Quitadnos nuestras casas y llamadlo planificación regional.
Humilladnos y llamadlo asistencia social.
Volvednos locos y llamadlo higiene mental.
Envenenadnos y llamadlo conservación del medio ambiente.
Adormecednos y llamadlo ideología del consumo.
Dejadnos en el paro y llamadlo reconversión.
Confundidnos y llamadlo publicidad.
Vended nuestro cuerpo y llamadlo libertad sexual.
Engañadnos y llamadlo política de rentas.
Cosificadnos y llamadlo nivel de vida.
Escarneced nuestro trabajo y llamadlo jubilación anticipada.
Mentidnos y llamadlo libertad de expresión
Tiranizadnos y llamadlo democracia.


Claes Andersson, Rumskamrater, 1974

 

Insomnio - Dámaso Alonso

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
                                      (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros,
o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán,
ladrando como un perro enfurecido,
fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad
                                                                                 de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?

Hijos de Europa - Czeslaw Milosz



Nosotros, a quienes la dulzura del día penetra hasta los pulmones
y vemos ramas que florecen en mayo,
somos mejores que los que perecieron.

Nosotros, que saboreamos la comida al masticar
y valoramos en su totalidad los juegos amorosos,
somos mejores que ellos, los enterrados.

De los hornos abrasadores, tras la alambrada donde silba el
viento de interminables otoños,
de las batallas, cuando en un espasmo ruge el viento herido,
nos salvamos gracias a la astucia y al conocimiento.

Enviando a los otros a lugares más peligrosos,
azuzándolos con gritos para la batalla,
retirándonos cuando preveíamos que todo estaba perdido.

Teniendo para elegir la propia muerte y la muerte de un amigo
elegimos su muerte, pensando fríamente: ojalá se cumpla.

Cerramos herméticamente las puertas de las cámaras de gas, robamos pan
sabiendo que el día siguiente sería más duro que el anterior.

Como corresponde a los hombres, conocimos el bien y el mal.
Nuestro malicioso conocimiento no tiene igual en la tierra.

Hay que dar como demostrado que somos mejores que ellos,
crédulos, impulsivos pero débiles, que valoraban poco su propia vida.

Los heraldos negros - Cesar Vallejo



Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos, pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… ¡pobre!, vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!
Cesar Vallejo

Leopoldo María Panero

EL LOCO MIRANDO DESDE LA PUERTA DEL JARDÍN

Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina.

Poemas del manicomio de Mondragón

Al Lector - Charles Baudelaire

El pecado, el error, la idiotez, la avaricia,
nuestro espíritu ocupan y el cuerpo nos desgastan,
y a los remordimientos amables engordamos
igual que a sus parásitos los pordioseros nutren.
Nuestro pecar es terco, la contrición cobarde;
con creces nos hacemos pagar lo confesado
y volvemos alegres al camino enfangado
pensando que un vil llanto lave todas  nuestras faltas.

En la almohada del mal, es Satán Trimegisto
quien largamente mece nuestro hechizado espíritu,
y el precioso metal de nuestra voluntad
lo ha evaporado todo este sabio alquímista.

¡El diablo es quien maneja los hilos que nos mueven!
Encontramos encantos a objetos repugnantes;
hacia el infierno damos un paso cada día
sin horror, a través de tinieblas que hieden.

Igual que un libertino pobre que besa y come
el pecho torturado de una vieja ramera,
robamos al pasar un placer clandestino
que exprimimos con fuerza cual a vieja naranja.

Preso y hormigueante, como a un millón de helmintos,
un pueblo de Demonios bulle en nuestros cerebros
y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
desciende, río invisible, con apagado llanto.

Si el veneno, el puñal, el incendio, el estupro,
no bordaron aún con sus gratos dibujos
el banal cañamazo de nuestra suerte mísera,
es que nuestra alma, ¡ay!, no es lo bastante osada.

Mas, entre los chacales, las panteras, los linces,
los simios, las serpientes, escorpiones y buitres,
los aulladores monstruos, silbantes y rampantes,
en el infame zoo de nuestras corrupciones,

¡hay uno más malvado, más lóbrego e inmundo!
Aunque no gesticule ni lance grandes gritos,
gustosamente haría de la tierra un desecho
y dentro de un bostezo al mundo engulliría;

¡Es el tedio! —Anegado de un llanto involuntario,
imagina cadalsos, mientras fuma su yerba.
Lector, tu bien conoces al delicado monstruo,
-¡hipócrita lector -mi prójimo-, mi hermano!